Los demonios de la violencia

Arlin Alberty Loforte

Hace algunos días en una de las más transitadas calles de mi ciudad, Guantánamo, dos muchachos, ella y él, de no más de 20 años de edad y al parecer pareja, discutían acaloradamente en plena mañana y a voz en cuello.

Él, corpulento, insistente, tomándola del brazo, la obligaba a estar a su lado escuchando las barbaridades que le decía. Ella trataba de ripostar, rogándole, no gritara. Eran el centro de las miradas de los transeúntes.

Ni modo. Lo peor no se hizo esperar. La mano de él se alzó y cayó sobre la cara de ella con todo el peso de la juventud y un cuerpo de atleta.

Descubrí la historia entre los comentarios discretos, mientras permanecía el silencio cómplice, la mirada de muchos sobre los jóvenes sin el más mínimo gesto para intervenir y detener la acción. Solo me tocó el final: se marcharon juntos. Ella miraba al suelo tratando de ocultar las lágrimas. Él la agarraba de la mano.

En mi cotidiano andar por estas calles no puedo dejar de voltearme ante la actitud de algunas personas en su trato con otras. Emplean comúnmente la agresión verbal, y convierten la falta de delicadeza y el actuar violento en formas comunes de enfrentar la vida.

¿Será que entre sus pretensiones está que todos actuemos a su manera? Desde mis pocos años no me acostumbro ni me acostumbraré nunca.

Pero más preocupante aún es que en tiempos en los que la mujer asume en la sociedad cada vez con mayor plenitud el lugar que por sus méritos le pertenece, chocan a la vista, precisamente entre los más jóvenes, el actuar machista y los maltratos que llegan hasta los golpes.

La violencia se instaura como un modo de vida en muchos hogares y espacios sociales. Se reproduce en la casa, cuando la madre pierde la paciencia y pega con furia a su hijo; luego éste pelea con los amigos, le grita al abuelo y crece creyendo que el respeto se reserva al más fuerte.

Un hombre y una mujer violentos no se hacen de la nada. Tienen un antes de maltratos y un ahora en el que muchos los justifican.

Asombrosamente se instauran entre algunos categorías de violencia más o menos aceptadas: gritar es algo que pasa, una bofetada también, humillar es casi siempre un gaje del oficio, incluso “golpes más bajos” son considerados parte de la vida matrimonial, esa en la que hasta el popular refrán recomienda que nadie se debe meter.

No faltan comentarios en que, incluso los actos extremos encuentran, si no aceptación, sí entendimiento porque “la provocación, ya era demasiado, estaba jugando con fuego, se lo buscó, era mucha la falta de respeto”…, casi siempre cuando la víctima es una mujer.

La violencia, no sólo en la pareja sino en todas sus expresiones, es un problema social en el que todos tenemos responsabilidad. Es necesario debatir el asunto en todos sus matices, pues afecta, como una marea callada, incluso, a personas conocidas, cercanas.

Se impone una estrategia efectiva para cambiar, antes que tener consecuencias que lamentar, esos pilares de costumbres, culturas, estereotipos que legitiman el uso de la agresión como correctivo y escarmiento, instauradora de jerarquías sociales y familiares.

No sólo se trata de intentar una modificación en la conducta de los agresores. También de desmitificar las culpas en los agredidos. En el caso del machistamente llamado sexo débil, las Casas de atención a la mujer y la familia de la Isla adscriptas a la Federación de Mujeres Cubanas son una luz en el camino, así como otras estrategias.

Se complica cuando el agredido es del género masculino. Entonces, las representaciones sociales son un golpe añadido aunque no menos doloroso.

El problema, en todos los casos y aunque existan las instituciones, está en que no siempre las víctimas reconocen el camino. Hay mucho de culpabilidad, vergüenza y miedo entre el maltrato, con marcas visibles o sin ellas, el reconocimiento de éste como un acto violento y la decisión definitiva de pedir ayuda para enfrentarlo.

En la mira estamos todos. Nada nos salva de participar en la violencia. Sin una conciencia clara de lo que abarca su concepto, en algún momento podemos practicarla o sufrirla desde la ignorancia. También, en la convivencia podemos cambiar de a poco su rumbo y, con él, el final de muchas historias.

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2 comentarios

Archivado bajo Sociales

2 Respuestas a “Los demonios de la violencia

  1. Yisell Rodríguez Milán

    Muy bueno chiquita. Vivimos en una inercia e inacción que nos enreda a todos, al menos escribiendo algunos protestamos. Así que apoyo tus teclazos contra la violencia. Tienes mi voto.

  2. Tienes toda la razón pequeña, hay que cambiar desde el rumbo, desde la raíz, desde el corazón, desde la médula misma de la sociedad, los seres humanos venimos prediseñados así, pero como supuestos seres inteligentes debemos saber cambiar, si nos queda algo de humano y un pequeño vestigio de inteligencia. Mi voto también es tuyo.

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