Chávez se sembró en América

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Por Arlin Alberty Loforte

Cuando creo en algo o en alguien no puedo permitirme crisis de esperanza. Por eso, desde el mismo instante en que supe de la enfermedad de Chávez, que le debilitaba el cuerpo pero nunca quebró su voluntad, traté de darle desde aquí mi energía, mis años de juventud, la salud de mis 27.

Porque un hombre que entregaba su vida en ofrenda por el bien de los demás, debía vivir mucho, gozar a sus nietos, ver encanecer su pelo y pronunciarse las entradas en su frente.

A Chávez lo conocí mejor de manos de mi madre y mi hermana, que fueron hasta Venezuela a ayudar a construir el proyecto socialista de ese llanero de pura cepa. Allí en la Barinas caliente, tanto como esta tierra oriental, vivieron ellas los momentos más diversos de la revolución bolivariana, los difícil y los hermosos, las victorias disfrutadas y compartidas porque eran sentidas como propias.

Luego desde las noticias y la Internet descubrí al hombre todo amor, carisma andante, que llevaba la constitución en el pecho, cerca del corazón como un escudo que lo protegía de todo mal.

Me gustaba escucharlo cantar aunque no lo hiciera del todo bien, pero lo disfrutaba tanto, tanto, que era imposible no sentarse a verle, como cuando recitaba en cualquier escenario poemas de amor y de esperanza, que sabían a indígena, a mestizo, a latinoamericano…

Sobre todo admiraba su cariño y respeto por Bolívar, por Martí, por Fidel… su franqueza para vivir sin miedos, ni siquiera en los momentos en que anunciara que el cáncer le hacía la guerra y él, como digno soldado, tampoco dio la espalda a esa batalla.

Era divino verlo arremeter en cualquier tribuna contra el capitalismo y los imperialistas, con esa franqueza terrible, sin medias tintas ni diplomacia.

Chávez sin dudas tenía un corazón grande, es que para dar tanto cariño hay que tener uno enorme latiendo en el pecho, para amar así a Venezuela, para luchar así por Latinoamérica, por los necesitados…

De la noticia terrible me enteré tarde. Andaba de cacería por las lomas guantanameras, estaba en Yateras en un lugar que se llama Felicidad. !Qué ironía tan grande! cuando un dolor intenso en el pecho me tomaba por sorpresa: nunca imaginé que por sospechada, su muerte vendría a soplarme al oído su victoria tan temprano. Lloré, era imposible evitarlo.

Y al llegar a la ciudad en cada casa Telesur se escuchaba desde la calle y mi barrio estaba quieto, más de lo habitual. Pero Venezuela entre lágrimas se levantaba, las imágenes de tantas personas, de tanta gente humilde despidiendo a su presidente me traía de vuelta la fe.

Porque Chávez se sembró bien en América, se ganó su lugar en la historia. Es verdad, abona ahora las raíces de los Andes, y nos estrecha en un abrazo grande, para que sigamos andando en cuadro apretado, en marcha unida. !Hasta la victoria siempre Comandante!

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