La muerte te fuma

esqueletofumadordiegoPor Arlin Alberty Loforte
Pasa por mi lado y es como si flotara en una nube blanquecina, espesa aunque ligera. Pienso en una chimenea ambulante, con la suciedad en el interior del tubo largo que desafía el cielo. Así estarán sus manos amarillas o los dientes manchados y el pelo con ese olor característico que me da náuseas.
Voy detrás de él. Aprieto el paso aunque bien me gustaría llevar puesta una cámara antigás como las que se usan cuando hay escape químico.

Es tan joven como yo, o más. La espalda ancha y los brazos bien formados delatan las horas dedicadas al gimnasio. De qué le vale, pienso.
En un esfuerzo final me pongo delante suyo. – Disculpa, soy periodista, ¿me das un momento? – Y sonrío como si eso me fuera a dar la garantía de un sí.
Se detiene y entonces descubro que se llama Yonniel, que tiene 20 y pasa un curso de dependiente en la Asociación Culinaria, que terminó los estudios preuniversitarios y vive cerca de mi casa, aunque nunca lo hubiera visto.
Le pregunto por eso que lleva en la mano: si se siente caliente en la boca, si sabe a algo o le relaja las tensiones como unos cuantos suelen decir… Puro cuento, vuelvo a pensar.
Y sabe que puede provocarle cáncer de garganta, en la boca o en los pulmones, y que le afecta los bolsillos. Dice consumir solo 10 al día pero se le escapan como agua 50 o 60 pesos mensuales por esa causa.
Me habla y no pienso en el estilo con que se lo lleva a la boca, lo absorbe lentamente y exhala con suavidad como si fuera una caricia.
Pero no, ahí lo que expulsa, hasta con swing, es la vida. Pero yo aún tengo en mi mente la cámara antigás y eso de que el humo ajeno es responsable de una de cada 10 muertes relacionadas con el tema.
Me cuenta que comparte el vicio desde casa. Una vez más la familia, papá y mamá inciden, aunque asegura que mucho más los amigos que lo “embullaron” a probar uno cuando tenía 17. Casi el 90 por ciento de las chimeneas humanas andantes comienzan a elevar sus humos antes de
los 19 años.
Pero lo peor es que lo sabe, lo sabe todo, lo ve en la televisión, lo escucha en la radio, lo lee en los periódicos, se lo recuerdan los carteles prohibitivos en lugares públicos, o la tos y los catarros simples cuando se complican.
Ahora solo tiene 20 y mañana tendrá algunos más. Vendrán los hijos que pudieran convertirse en prospectos de chimeneas para el futuro, (nos miramos en el espejo de nuestros padres), y sumarán cifras entre los millones que en el mundo enfermarán y hasta morirán envueltos en una nube de humo.
Le doy las gracias y me alejo. Él se dispone a terminar su cigarrillo, y pienso en el olor de las manos, en los dientes, los pulmones, el cáncer, las enfermedades cardiovasculares, en sus futuros hijos y en la tontería de esa gente, que en cada bocanada invita a la muerte a sentarse a su lado.

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