Neruda

Neruda

Hoy de Neruda me permito este Soneto. Hoy, cuando se están cumpliendo 41 años de la muerte de ese hombre de versos que amó intensamente a las mujeres, del militante socialista, del amigo de Allende; un hombre que, aseguró, podía escribir los versos más triste aquella noche…

Soneto XVII

No te amo como si fueras rosa de sal, topacio
o flecha de claveles que propagan el fuego:
te amo como se aman ciertas cosas oscuras,
secretamente, entre la sombra y el alma.
Te amo como la planta que no florece y lleva
dentro de sí, escondida, la luz de aquellas flores,
y gracias a tu amor vive oscuro en mi cuerpo
el apretado aroma que ascendió de la tierra.
Te amo sin saber cómo, ni cuándo, ni de dónde,
te amo directamente sin problemas ni orgullo:
así te amo porque no sé amar de otra manera,
sino así de este modo en que no soy ni eres,
tan cerca que tu mano sobre mi pecho es mía,
tan cerca que se cierran tus ojos con mi sueño.            

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Llueve en la calle donde murió Julio Antonio Mella

Tomado de Cubadebate 

La calle Abraham González, casi esquina a Morales, en Ciudad México, donde asesinaron a Julio Antonio Mella. La foto está tomada desde el lugar en que cayó abatido el líder comunista cubano, el 10 de enero de 1929.

Para Alejandra

México, DF.-He visto mil veces esta calle y la escena de la pareja que viene remontando la acera, tomados del brazo, ajena a los dos matones que traen a sus espaldas.  A la altura de la panadería –que ahora es una licorería donde se anuncia la Coca Cola- se escuchan los disparos. Él logra atravesar la avenida y cae herido sobre la acera opuesta. Tina se arrodilla a su lado y coloca la cabeza del herido sobre sus muslos. Julio Antonio Mella alcanza a decir que José Magriñá es el responsable y luego:  “¡Machado me ha mandado matar! ¡Muero por la Revolución!”

Parafraseando al poeta, conozco esta historia y a esta pareja desde que me conozco, y ya estuve una vez aquí, hace años. Pero es septiembre y llueve en la calle Abraham González casi esquina a Morelos, en la Colonia Juárez, de México, y tal vez sea esta cortina de agua y el aire frío que disloca la compostura de los árboles deshojados, la responsable de esta melancolía y de la fuerza con la que regresan los ecos de los disparos y de aquellas palabras.

A Mella lo asesinaron aquí, el 10 de enero de 1929. Luis Herberiche se encontraba en la puerta de su panadería, pudo ver a los matones y ayudar a la mujer, que no podía levantar sola a Julio Antonio. Allí palparon las dos heridas graves del muchacho de 25 años, ambas mortales: una le había atravesado el abdomen, y la otra le entró por el codo y le perforó un pulmón. El informe policial detallará luego que Julio Antonio viste traje negro, corbata roja, suéter de color café, camisa blanca con tirantes y un grueso abrigo gris. Solo lleva en sus bolsillos una pequeña libreta, un lápiz, un ejemplar del periódico obrero El Machete, y ni un centavo.

Estoy de pie sobre la baldosa donde el panadero vio a Tina acunando a Mella. Desde este lugar, entonces y ahora, se puede divisar en el horizonte la casa de Abraham González número 31,  que la pareja compartía.  Era jueves en la noche y en el cine principal de la ciudad se exhibía La mujer ligera, protagonizada por Greta Garbo.  La película intentaría apoderarse de la realidad. A Tina Modotti, la fotógrafa de los “cristos crucificados y los cristos vivientes”, la acusaron de disoluta, la llamaron “veneciana perversa” y Mata Hari del Comintern.  Bastaron cinco días para declararla “socialmente” culpable y tirar bajo la alfombra el crimen del dictador cubano Gerardo Machado. De ese juicio emergió ella, finalmente, libre y musa del pueblo mexicano que la considera parte de su Revolución, como aparece en el mural “Entrega de Armas” (1928). Diego Rivera la pintó con camisa roja, falda negra y canana pespunteada de balas. A corta distancia Mella la mira amorosamente y un poco más allá, asoma la cabeza Frida Khalo.

Esa es la historia conocida. Pero el pasado no regresa necesariamente en los datos que sabemos a fuerza de lecturas, sino cuando nos tropezamos con nuestros muertos queridos para reencontrar los caminos que conducen hacia nosotros mismos. ¿Será casualidad que hoy se estrena cerca de aquí una obra teatral con Tina Modotti como protagonista? Una Tina que dice: “No quisiera morir con el rostro equivocado, quisiera morir con mi rostro verdadero, habiendo hecho lo que me tocaba hacer sobre la tierra”. ¿Querrá decirnos algo el cartel de la Coca Cola junto a la tarja de Julio Antonio en esta esquina de septiembre y bajo la lluvia de México?

La tarja que pagaron los emigrados revolucionarios cubanos para recordar el asesinato de Julio Antonio. El cartel de la Coca-Cola pertenece al local donde antiguamente estaba ubicada una panadería.

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CXXXVI

Miro desde la ventana una ciudad desconocida,

Me son ajenas estas paredes, esta cama,

El hombre que duerme a mi lado

Sobre estas sábanas también prestadas.

Miro desde la ventana que me grita ¡Sé libre!

Pero soy rehén de estas paredes que no son mías,

Sobre esta cama y al lado de este hombre

Que apaciblemente duerme.

Y yo aquí, presa de mi pecho y mi cabeza…

Amando.  (AAL)

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No pasará el pasado

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Por Silvio Rodríguez (publicado en Segunda Cita)
Un día se para Fidel en la Universidad y dice que quienes pudiéramos acabar con la Revolución somos los revolucionarios. Muchos tenemos la misma percepción: es nuestra incapacidad para aprender de errores propios y ajenos, nuestra comodidad y a veces hasta nuestra desidia las que pueden extinguir el proyecto social más humano y trascendente de nuestra historia. Por eso aplaudimos la amarga honestidad de ese gran hombre y todo el que tiene un poco de vergüenza, desde el mínimo espacio que defiende, promete que por allí no pasará el pasado.

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CXXXV

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El niño me mira grande

Clava en mis ojos una enorme mirada oscura

Y me pregunta sin palabras,

Quiere saber qué culpas le tocan,

Qué precio paga,

No comprende.

Es que no hay cómo explicar,

No hay en qué moneda pagar,

No hay cómo hacer.

El niño ahora mira al cielo,

Aferra sus pies a la tierra,

Porque quieren arrancarlo, quieren desaparecerlo,

Quieren negar que existió una vez,

Que estuvo allí, que fue real

Como las bombas, como la sangre,

Como la muerte, como su miedo,

o su derecho, como su vida,

Como su historia, como la impunidad,

Como el oprobio o la mentira,

Como el odio, como Dios,

Como los hombres…

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Adiós al Ángel de la piedra

Lente de Aumento

Por Yisell Rodríguez Milán

Tomado de OnCuba

Fotos: Blasones Guantánamo

Había escrito una crónica para mi blog, una crónica bonita y repetitiva, como esas miles que se han publicado sobre el Zoológico de Piedra (dicen que único en el mundo y sin comparación en Cuba) y la tenía almacenada en mi flash para postearla algún día, un día en que no tuviera ni ganas ni temas para crear algo nuevo.

Y de pronto hoy, en medio de la quietud de los domingos en Facebook, cuando casi ninguno de mis colegas periodistas está conectado, apareció la noticia: Ángel Iñigo Blanco de Anaya murió.

En Guantánamo, allá en cuyas montañas esculpió él en piedras calizas alrededor de 330 animales, todavía se desconocen las causas de su fallecimiento. Yo sospecho que murió «de vejez» -como dicen los guajiros-, porque nació el 25 de diciembre de 1935 y ya tenía 78 años, que…

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Gabriel

Gabriel García Márquez

Por Arlin Alberty Loforte

Hace días ando buscando justificaciones para estar triste. Hace días me silban en el pecho cosas innombrables. Pero nunca quise que esta fuera la excusa para mi tristeza, el sentido real de la impotencia cuando lo demás es simple o es nada ante un viaje sin retorno, porque aun no me convenzo de que existan otros mundos u otros cielos, y no me sirve el cuento que me invento ya, ni las justificaciones de que el Gabo se haya ido a otro lado a contar sus historias.
Su Macondo fue la realidad que vivió a su manera, fue la forma que encontró de explicar el desorden que nos empeñamos en ordenar, pero también su esperanza. Quién sabe si esta tarde se parecía a aquella remota de descubrimientos, quién sabe si sintió el olor del hielo cuando se paró a enfrentar la vida, que esta vez cansada, ponía las armas definitivas a apuntarle al pecho.

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